Correr sin mirar atrás
La
luna iluminaba el mar de colinas. Centenares de pequeñas elevaciones se alzaban
sobre la tierra y la hierba las coronaba hasta más allá del horizonte lejano.
Reinaba el silencio, la quietud, la calma.

Comenzó
a correr por el mar de colinas mecidas por el viento notando la hierba que lo
acariciaba a su paso, el viento que lo empujaba e invitaba a correr más rápido,
que daba aliento a sus esperanzas y a sus sueños bajo una luna que lo observaba
deseosa de ser tan libre como su corazón.
Corría
sin mirar atrás y con la sonrisa grabada a fuego en su rostro, pensando,
rogando por ese día en el que aparecería alguien y encendería
todas y cada una de las luces que en el pasado otros pagaron. El día en el que
compartiría su libertad, y dejaría de correr solo por los mares de hierba tan
blanca como la luz de la luna.