Un milímetro
Gástalo todo. Quema las naves
y el último cartucho de la munición. Lanza todos los cuchillos que lleves
colgando del cinto o escondidos en los tobillos, e incluso usa las manos
desnudas cuando solo tengas el pecho descubierto.

Aguanta la respiración cuando
las lágrimas sean caras. La brisa de la noche, la niebla de pólvora, el
silencio roto por el crepitar de los bombardeos que ciegan a la luna creciente
en el firmamento. Miras al cielo y lo notas, es el cosquilleo de que alguien
piensa en ti.
Al fin y al cabo, has aprendido que un roce es
suficiente para salvar la distancia que separa Gran Canaria de Hong Kong, oriente de occidente, frío de calor.
Y todo por el simple roce de un milímetro que separa dos latas de Coca-Cola.